Otra fiesta de goles y fútbol vivió River Plate de Argentina al conquistar el jueves su tercera Recopa Sudamericana con una goleada 3-0 sobre Athletico Paranaense de Brasil, ante unos 66.000 aficionados en Buenos Aires, tras remontar una derrota 1-0 en el partido de ida.

La llave había quedado igualada cuando Ignacio Fernández mandó al fondo del arco la pelota rebotada de un tiro penal que le había tapado el arquero Santos, a los 65 minutos. La pena fue sancionada por mano de Lucho González que comprobó el árbitro chileno Roberto Tobar con el VAR.

La segunda conquista fue obra de Lucas “el Oso” Pratto al clavar en la red un derechazo, tras bajar la pelota de un pase alto y acomodarse frente al bloqueo desesperado del arquero Santos, a los 90+1.

El broche de oro lo puso el juvenil Matías Suárez al tocar suave la bola dentro de los tres palos desamparados, a los 90+5 tras dejar en el camino al guardavalla. River llegó a la final como campeón de la Libertadores y el ‘furacao’ de Curitiba como titular de la Sudamericana.

Bajo la dirección técnica de Marcelo Gallardo en cinco años, los ‘millonarios’ suman 10 títulos nacionales e internacionales, entre ellos las tres Recopas.

Fuego contra Fuego

Fue un duelo intenso y dramático. De fuego contra fuego. Facilitó el vértigo de las acciones y el tránsito rápido un césped húmedo por la llovizna. Al frío otoñal lo disimuló la caldera de pasión que ardía en las tribunas.

Fue una batalla táctica entre los entrenadores Marcelo Gallardo y Tiago Nunes.Pero una vez pesó el fútbol como dinámica de lo impensado. Las emociones llegaban por la sorpresa, el engaño o el ingenio.

Resplandores en la noche fueron dos tapadas monumentales como el estadio. En una fue el arquero brasileño Santos quien tapó como un coloso un misil de Lucas Pratto. En la otra, Franco Armani le desvió a Lucho González un tiro letal a cinco metros del arco. Un milagro en los tres palos de River.

River trató de romper el esquema del rubro-negro por las bandas. Por izquierda Fabrizio Angileri, por derecha el retornado Gonzalo Montiel. Sus centros por elevación desfallecieron en una pareja central de titanes aéreos, Léo Pereira y Paulo André.

Los de la banda roja dominaba, pero no se le prendía la lamparita a Nacho Fernández, aunque le sacó astillas a un poste con un bombazo dentro del área. Tampoco se encendía la llama inspiradora de Exequiel Palacios.

Gallardo no dudó en mover el tablero al ordenar el ingreso de Nicolás De La Cruz por Palacios. Los motores los prendía desde atrás Enzo Pérez, mientras que el caudillo Leonardo Ponzio luchaba como león y distribuía juego con sabiduría.

El problema en la ofensiva tenaz de River era que Paranaense le sabía poner candados a la velocidad del colombiano Rafael Santos Borré y la potencia de Lucas Pratto.

A diferencia del primer partido, no funcionó a pleno la luminosa circulación por el ala izquierda brasileña que arman Renan Lodi, Wellington y Roni. Fue más eficaz el despliegue a Nikao y la calidad de tiempista de Bruno Guimaraes.

Al filo del abismo

Lo mejor del “furacao” era Luis González, cerebro del equipo. Puso la pausa, reguló el ritmo, fue una aduana por la que pasaban casi todas las pelotas en los avances.

Los ataques brasileños se debilitaron porque a Marco Ruben, un duende del gol y fantasma del área, lo vigilaron como si fueran sus guardaespaldas los dos patrulleros del fondo de la defensa, Javier Pinola y Lucas Martínez Quarta.

Los “millonarios”, sin renunciar a su juego a ras del piso, presionaron más arriba. Montaron un asedio. Paranaense se echó naturalmente más atrás, abroquelado.

La alternativa tecnológica del VAR llegó por un remate de Pinola que rebotó en una mano de González. Santos le tapó junto a un poste el zurdazo a Nacho Fernández pero en el rebote el volante no falló.

Con el gol vibró como en un terremoto el cemento del estadio. Gallardo apostó de nuevo al ataque con la entrada del juvenil Matías Suárez. El gol rondaba los dos arcos, pero los argentinos pusieron sobre la hora dos golpes de nocaut con los goles de Pratto y Suárez.

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